viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 10: EN DESPRECIANDO EL MUNDO, ES DULCE COSA SERVIR A DIOS. El Alma:

CAPÍTULO 10: EN DESPRECIANDO EL MUNDO, ES DULCE COSA
SERVIR A DIOS.
El Alma:

1. Otra vez hablaré, Señor, ahora, y no callaré. Diré en los oídos de mi Dios, mi
Señor y mi Rey que está en el cielo: ¡Oh Señor, cuan grande e la abundancia de tu
dulzura, que escondiste para los que te temen! Pero ¿qué eres para los que te aman? y
¿qué para los que te sirven de todo corazón? Verdaderamente es inefable la dulzura
de tu contemplación, la cual das a los que te aman. En esto me has mostrado
singularmente tu dulce caridad, en que cuando yo no existía, me criaste, y cuando
erraba lejos de Ti, me convertiste para que te sirviese, y me mandaste que te amase.

2. ¡Oh fuente de amor perenne! ¿Qué diré de Ti? ¿Cómo podré olvidarme de Ti, que
te dignaste de acordarte de mí, aun después que yo me perdí y perecí? Usaste de
misericordia con tu siervo sobre toda esperanza, y sobre todo merecimiento me diste
tu gracia y amistad. ¿Qué te volveré yo por esta gracia? Porque no se concede a todos
que, dejadas todas las cosas, renuncien al mundo y escojan vida retirada. ¿Por ventura
es gran cosa que yo te sirva, cuando toda criatura está obligada a servirte? No me
debe parecer mucho servirte, sino más bien me parece grande y maravilloso que Tú te
dignaste de recibir por siervo a un tan pobre e indigno y unirle con tus amados
siervos.

3. Tuyas son, pues, todas las cosas que tengo y con que te sirvo. Pero por el
contrario, Tú me sirves más a mí que yo a Ti. El cielo y la tierra que Tú criaste para
el servicio del hombre, están prontos, y hacen cada día todo lo que les has mandado;
y esto es poco, pues aún has destinado a los ángeles para servicio del hombre. Mas a
todas estas cosas excede el que Tú mismo te dignaste de servir al hombre, y le
prometiste que te darías a Ti mismo.

4. ¿Qué te daré yo por tantos millares de beneficios? ¡Oh! ¡Si pudiese yo servirte
todos los días de mi vida! ¡Oh! ¡Si pudiese solamente, siquiera un solo día, hacerte
algún digno servicio! Verdaderamente Tú solo eres digno de todo servicio, de toda
honre y de alabanza eterna. Verdaderamente Tú solo eres mi Señor, y yo soy un
pobre siervo tuyo, que estoy obligado a servirte con todas mis fuerzas, y nunca debo
cansarme de alabarte. Así lo quiero, así lo deseo; y lo que me falta, ruégote que Tú lo
suplas.

5. Grande honra y gran gloria es servirte, y despreciar todas las cosas por Ti. Por
cierto grande gracia tendrán los que de toda voluntad se sujetaren a tu santísimo
servicio. Hallarán la suavísima consolación del Espíritu Santo los que por amor tuyo
despreciaren todo deleite carnal. Alcanzarán gran libertad de corazón los que entran
por senda estrecha por amor tuyo, y por él desechan todo cuidado del mundo.

6. ¡Oh agradable y alegre servidumbre de Dios, con la cual se hace el hombre
verdaderamente libre y santo! ¡Oh sagrado estado de la profesión religiosa, que hace
al hombre igual a los ángeles, apacible a Dios, terrible a los demonios, y
recomendable a todos los fieles! ¡Oh esclavitud digna de ser abrazada y siempre
deseada, por la cual se merece el Sumo Bien, y se adquiere el gozo que durará sin fin!

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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