viernes, 19 de febrero de 2010

CAPITULO 57: NO DEBE ACOBARDARSE DEMASIADO EL QUE CAE EN ALGUNAS FALTAS. Jesucristo:

CAPITULO 57: NO DEBE ACOBARDARSE DEMASIADO EL QUE CAE EN
ALGUNAS FALTAS.
Jesucristo:

1. Hijo, más me agradan la humildad y la paciencia en la adversidad que el mucho
consuelo y devoción en la prosperidad. ¿Por qué te entristece una pequeña cosa dicha
contra ti? Aunque más fuera, no debieras inquietarte. Mas ahora déjala pasar, porque
es la primera, ni nueva, ni será la última si mucho vivieres. Harto esforzado eres
cuando ninguna cosa contraria te viene. Aconsejas bien, y sabes alentar a otros con
palabras; pero cuando viene a tu puerta alguna repentina tribulación, luego te falta
consejo y esfuerzo. Mira tu gran fragilidad que experimentas a cada paso en pequeñas
ocasiones; mas todo este mal que te sucede, redunda en tu salud.

2. Apártalo como mejor supieres de tu corazón, y si llegó a tocarte, no permitas que te
abata, ni te lleve embarazado mucho tiempo. Sufre a lo menos con paciencia, si no
puedes con alegría. Y si oyes algo contra tu gusto y te sientes irritado, refrénate, y no
dejes salir de tu boca alguna palabra desordenada que pueda escandalizar a los
inocentes. Presto se aquietará el ímpetu excitado de tu corazón: y el dolor interior se
dulcifica con la vuelta de la gracia. Aún vivo Yo (dice el Señor) dispuesto para
ayudarte y para consolarte más de lo acostumbrado, si confías en Mí y me llamas
devoción.

3. Ten buen ánimo, y apercíbete para trances mayores. Aunque te veas muchas veces
atribulado, o gravemente tentado, no por eso está ya todo perdido. ¿Cómo podrás tú
estar siempre en un mismo estado de virtud, cuando le faltó al ángel en el cielo, y al
primer hombre en el paraíso? Yo soy el que levanta con entera salud a los que lloran
y traigo a mi divinidad los que lloran y traigo a mi divinidad los que conocen su
flaqueza.
EL ALMA:

4. Señor, bendita ea tu palabra, dulce para mi boca más que la miel y el panal. ¿Qué
haría yo en tantas tribulaciones y angustias, si Tú no me animases con tus santas
palabras? Con tal que al fin llegue yo al puerto de salvación ¿qué se me da de cuanto
hubiere padecido? Dame buen fin; dame una dulce partida de este mundo. Acuérdate
de mí, Dios mío, y guíame por camino derecho a tu reino. Amén.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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