viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 9: DEL CARECIMIENTO DE TODA CONSOLACIÓN.

CAPÍTULO 9: DEL CARECIMIENTO DE TODA CONSOLACIÓN.

1. No es grave cosa despreciar la humana consolación, cuando tenemos la divina.
Gran cosa es y muy grande ser privado, y carecer de consuelo divino y humano, y
querer sufrir de gana destierro de corazón por la honre de Dios, y en ninguna cosa
buscarse a sí mismo, ni mirar a su propio merecimiento.
¿Qué gran cosa es, si estás alegre y devoto, cuando viene la gracia de Dios? Esta hora
todos la desean.
Muy suavemente camina aquel a quien llama la gracia de Dios.
Y ¿qué maravilla, si no siente carga el que es llevado del Omnipotente, y guiado por
el soberano guiador?

2. Muy de gana tomamos algún pasatiempo, y con dificultad se desnuda el hombre de
sí mismo.
El mártir San Lorenzo venció al mundo y al afecto que tenía por su sacerdote, porque
despreció todo lo que en el mundo parecía deleitable; y sufrió con paciencia, por
amor de Cristo, que le fuese quitado Sixto, el Sumo Sacerdote de Dios, a quien él
amaba mucho.
Pues así con el amor de Dios venció al amor del hombre, y trocó el acontecimiento
humano por el buen placer divino.
Así tú aprende a dejar algún pariente o amigo por amor de Dios; y no te parezca
grave cuando te dejare tu amigo, sabiendo que es necesario que nos apartemos al fin
unos de otros.

3. Mucho y de continuo conviene que pelee el hombre consigo mismo, antes que
aprenda a vencerse del todo, y traer a Dios cumplidamente todo su deseo.
Cuando el hombre se está en sí mismo, de ligero se desliza en las consolaciones
humanas.
Mas el verdadero amador de Cristo, y estudioso imitador de las virtudes, no se arroja
a las consolaciones, ni busca tales dulzuras sensibles; mas antes procura fuertes
ejercicios, y sufrir por Cristo duros trabajos.

4. Así, cuando Dios te diere la consolación espiritual, recíbela con hacimiento de
gracias, mas entiende que es don de Dios, y no merecimiento tuyo.
No quieras ensalzarte ni alegrarte demasiado, ni presumir vanamente, mas humíllate
por el don recibido, y sé mas avisado y temeroso en todas tus obras: porque se pasará
aquella hora y vendrá la tentación.
Cuando te fuere quitada la consolación, no desesperes luego, mas espera con
humildad y paciencia la visitación celestial: porque poderoso es Dios para tornarte
mucha mayor consolación.
Esto no es cosa nueva ni ajena de los que han experimentado el camino de Dios;
porque en los grandes Santos y antiguos Profetas, acaeció muchas veces esta manera
de mudanza.

5. Por esto decía uno cuando tenía presente la gracia: Yo dije en mi abundancia, no
seré movido ya para siempre. Y ausente la gracia, añade lo que experimentó en si
diciendo: Volviste tu rostro, y fui lleno de turbación.
Mas por cierto, entre estas cosas no desespera, sino con mayor instancia ruega a
Dios, y dice: A Ti, Señor, llamaré, y a mi Dios rogaré. Y al fin alcanza el fruto de su
oración, y confirma ser oído, diciendo: Oyóme el Señor, y tuvo misericordia de mí: el
Señor es hecho mi ayudador.
¿Mas en qué? Volviste, dice, mi llanto en gozo, y cercásteme de alegría.
Y si así se hizo con los grandes Santos, no debemos nosotros, enfermos y pobres,
desconfiar si algunas veces estamos en fervor de devoción, y a veces tibios y fríos.
Porque el espíritu se viene y se va, según la divina voluntad.
Por eso dice el bienaventurado Job: Visítasle en la mañana, y súbito le pruebas.

6. Pues ¿sobre qué puedo esperar, o en quien debo confiar, sino solamente en la gran
misericordia de Dios, y en la esperanza de la gracia celestial?
Pues aunque esté cercado de hombres buenos, o de hermanos devotos, o de amigos
fieles, o de libros santos o tratados lindos, o de cantos suaves e himnos, todo
aprovecha poco y tiene poco sabor, cuando soy desamparado de la gracia, y dejado
en mi propia pobreza.
Entonces no hay mejor remedio que la paciencia, y negándome a mí mismo, ponerme
en la voluntad de Dios.

7. Nunca hallé hombre tan religioso y devoro que alguna vez no tuviese apartamiento
de la consolación divina o sintiese disminución del fervor.
Ningún Santo fue tan altamente arrebatado y alumbrado que antes o después no haya
sido tentado.
Pues no es digno de la alta contemplación de Dios, el que no es ejercitado en alguna
tribulación.
Porque suele ser la tentación precedente, señal que vendrá la consolación.
Que a los probados en tentación, es prometida la consolación celestial.
Al que venciere, dice, dará a comer del árbol de la vida.

8. Dase también la divina consolación, para que el hombre sea más fuerte para sufrir
las adversidades.
Y también se sigue la tentación, porque no se ensoberbezca del bien.
El demonio no duerme, ni la carne no está aún muerta: por esto no ceses de
prepararte a la batalla.
A la diestra y a la siniestra están los enemigos, que nunca descansan.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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