viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 53: LA GRACIA DE DIOS NO SE MEZCLA CON EL GUSTO DE LAS COSAS TERRENAS. Jesucristo:

CAPÍTULO 53: LA GRACIA DE DIOS NO SE MEZCLA CON EL GUSTO
DE LAS COSAS TERRENAS.
Jesucristo:

1. Hijo, mi gracia es preciosa, no admite mezcla de cosas extrañas, ni de
consolaciones terrenas. Conviene desviar todos los impedimentos de la gracia, si
deseas que se te infunda. Busca lugar secreto para ti; desea estar a solas contigo; deja
las conversaciones, y ora devotamente a Dios, para que te dé compunción de corazón
y pureza de conciencia. Reputa por nada todo el mundo, y prefiere a todas las cosas
exteriores el ocuparte en Dios. Porque no podrás ocuparte en Mí, y juntamente
deleitarte en lo transitorio. Conviene desviarse de conocidos y de amigos, y tener el
espíritu retirado de todo placer temporal. Así desea que se abstengan todos los fieles
cristianos el apóstol San Pedro, portándose como extranjeros y peregrinos en este
mundo.

2. ¡Oh, cuánta confianza tendrá en la muerte aquel que no tiene afición a cosa alguna
de este mundo! Pero tener así el corazón desprendido de todas las cosas, no lo
alcanza el alma todavía enferma; ni el hombre carnal conoce la libertad del hombre
espiritual. Mas si quiere ser verdaderamente espiritual, es preciso que renuncie a los
extraños y a los allegados, y que de nadie se guarde más que de sí mismo. Si a ti te
vences perfectamente, todo lo demás lo sujetarás con más facilidad. La perfecta
victoria es vencerse a sí mismo. Porque el que se tiene sujeto a sí mismo, de modo
que la sensualidad obedezca la razón, y la razón me obedezca a Mí en todo, este es
verdaderamente vencedor de sí y señor del mundo.

3. Si deseas subir a esta cumbre, conviene comenzar varonilmente, y ponerla segura a
la raíz, para que arranques y destruyas la oculta desordenada inclinación que tienes a
ti mismo, y a todo bien propio y corporal. De este amor desordenado que se tiene el
hombre a sí mismo, depende casi todo lo que se ha de vencer radicalmente: vencido y
señoreado este mal, luego hay gran paz y sosiego. Mas porque pocos trabajan en
morir perfectamente a sí mismo, y no salen enteramente de su propio amor, por eso se
quedan envueltos en sus afectos, y no se pueden levantar sobre sí en espíritu. Pero el
que desea andar libre conmigo, es necesario que mortifique todas sus malas y
desordenadas aficiones, y que no se pegue a criatura alguna con amor apasionado.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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