viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 50: CÓMO SE DEBE OFRECER EN LAS MANOS DE DIOS EL HOMBRE DESCONSOLADO. El Alma:

CAPÍTULO 50: CÓMO SE DEBE OFRECER EN LAS MANOS DE DIOS EL
HOMBRE DESCONSOLADO.
El Alma:

1. Señor, Dios, Padre santo: ahora y para siempre seas bendito, que como Tú quieres
así se ha hecho, y lo que haces es bueno. Alégrese tu siervo en Ti, no en sí, ni en otro
alguno: porque Tú sólo eres alegría verdadera: Tú esperanza mía y corona mía: Tú,
Señor, eres mi gozo y mi premio. ¿Qué tiene tu siervo sino lo que recibió de Ti, aun
sin merecerlo? Tuyo es todo lo que me has dado y has hecho conmigo. Pobres soy y
lleno de trabajos, desde mi juventud; y mi alma se entristece algunas veces hasta
llorar; y otras veces se turba contigo por las pasiones que la acosas.

2. Deseo el gozo de la paz; la paz de tus hijos pido, que son recreados por Ti en la luz
de la consolación. Si me das paz, si derramas en mí un santo gozo, estará el alma de
tu siervo llena de alegría, y devota para alabarte. Pero si te apartares, como muchas
veces lo haces, no podrá correr por el camino de tus mandamientos, sino que hincará
las rodillas para herir su pecho; porque no le va como los días anteriores cuando
resplandecía tu luz sobre su cabeza, y era defendida de las tentaciones impetuosas
debajo de la sombra de tus alas.

3. Padre justo y siempre laudable, llegó la hora en que tu siervo debe ser probado.
Padre amable, justo es que tu siervo padezca algo por Ti en esta hora. Padre para
siempre adorable, ya ha llegado la hora que habías previsto desde la eternidad, en la
cual tu siervo este abatido en lo exterior un corto tiempo, mas para que viva siempre
interiormente contigo. Despreciado sea y humillado un poco, y decaiga delante de los
hombres; sea consumido de pasiones y enfermedades, para que vuelva nuevamente a
verse contigo en la aurora de una nueva luz, y sea ilustrado en las cosas celestiales.
¡Padre santo! Así lo ordenaste Tú, así lo quisiste; y lo que mandaste se ha hecho.

4. Esta es, pues, la gracia que haces a tu amigo, que padezca, y sea atribulado por tu
amor en este mundo por cualquiera, y cuantas veces lo permitieres. Sin tu consejo y
providencia y sin causa, nada se hace en la tierra. Bueno es para mí, Señor, que me
hayas humillado, para que aprenda tus justificaciones, y destierre de mi corazón toda
soberbia y presunción. Provechoso es para mí que la confusión haya cubierto mi
rostro, para que así te busque a Ti para consolarme, y no a los hombres. También
aprendí en esto a temblar de tu inescrutable juicio, que afliges así al justo como al
impío, aunque no sin equidad y justicia.

5. Gracias te doy porque no me escaseaste los males; sino que me afligiste con
amargos azotes, enviándome dolores y angustias interiores y exteriores. No hay quien
me consuele debajo del cielo sino Tú, Señor Dios mío, médico celestial de las almas,
que hieres y sanas, pones en grandes tormentos y libras de ellos. Sea tu corrección
sobre mí, y tu mismo castigo me enseñará.

6. Padre amado, vesme aquí en tus manos; yo me inclino bajo la vara de tu
corrección. Hiere mis espaldas y mi cerviz para que enderece mis torcidas
inclinaciones a tu voluntad. Hazme piadoso y humilde discípulo como sueles hacerlo,
para que ande siempre pendiente de tu voluntad. Me entrego enteramente a Ti con
todas mis cosas para que las corrijas. Más vale ser corregido aquí que en la otra vida.
Tú sabes todas y cada una de las cosas, y no se te esconde nada en la humana
conciencia. Antes que suceda, sabes lo venidera, y no hay necesidad que alguno te
enseñe o avise de las cosas que se hacen en la tierra. Tú sabes lo que conviene para
mi adelantamiento, y cuánto me aprovecha la tribulación para limpiar el orín de los
vicios. Haz conmigo tu voluntad y gusto, y no deseches mi vida pecaminosa, a
ninguno mejor ni más claramente conocida que a Ti solo.

7. Concédeme, Señor, saber lo que se debe saber; amar lo que se debe amar; alabar lo
que a Ti es agradable; estimar lo que te parece precioso; aborrecer lo que a tus ojos es
feo. No permitas que juzgue según la vista de los ojos exteriores, ni que sentencie
según el oído de los hombres ignorantes; sino dame gracia para que pueda discernir
con verdadero juicio entre lo visible y lo espiritual, y sobre todo, buscar siempre la
voluntad de tu divino beneplácito.

8. Muchas veces se engañan los hombres en sus opiniones y juicios, y los mundanos
se engañan también en amar solamente lo visible. ¿Qué tiene de mejor el hombre
porque otro le alabe? El falaz engaña al falaz, el vano al vano, el ciego al ciego, el
enfermo al enfermo, cuando lo ensalza; y verdaderamente más le confunde cuando
vanamente le alaba. Porque cuanto es cada uno en tus ojos, tanto es y no más, dice el
humilde San Francisco.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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