viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 22: DE LA MEMORIA DE LOS INNUMERABLES BENEFICIOS DE DIOS. El Alma:

CAPÍTULO 22: DE LA MEMORIA DE LOS INNUMERABLES BENEFICIOS
DE DIOS.
El Alma:

1. Abre, Señor, mi corazón a tu ley, y enséñame a andar en tus mandamientos.
Concédeme que conozca tu voluntad, y con gran reverencia y diligente consideración
tenga en la memoria tus beneficios, así generales como especiales, para que pueda de
aquí adelante darte dignamente las gracias. Mas yo sé y confieso que no puedo darte
las debidas alabanzas y gracias por el más pequeño de tus beneficios. Yo soy menor
que todos los bienes que me has hecho; y cuando miro tu generosidad, desfallece mi
espíritu a vista de tu grandeza.

2. Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo, y cuantas cosas poseemos en lo
interior o en el exterior, natural o sobrenaturalmente, son beneficios tuyos, y te
engrandecen, como bienhechor, piadoso y bueno, de quien recibimos todos los
bienes. Y aunque uno reciba más y otro menos, todo es tuyo, y sin Ti no se puede
alcanzar la menor cosa. El que más recibió, no puede gloriarse de su merecimiento, ni
estimarse sobre los demás, ni desdeñar al menor; porque aquel es mayor y mejor que
menos se atribuye a sí, y es más humilde, devoto y agradecido. Y el que se tiene por
más vil que todos, y se juzga por más indigno, está más dispuesto para recibir
mayores dones.

3. Mas el que recibió menos, no se debe entristecer, indignarse, ni envidiar al que
tiene más; antes debe reverenciarte, y engrandecer sobremanera tu bondad, que tan
copiosa, gratuita y liberalmente reparte tus beneficios, sin acepción de personas.
Todo procede de Ti, y por lo mismo en todo debes ser alabado. Tú sabes lo que
conviene darse a cada uno. Y por que tiene uno menos y otro más, no nos toca a
nosotros discernirlo, sino a Ti, que sabes determinadamente los merecimientos de
cada uno.

4. Por eso, Señor Dios, tengo también por grande beneficio no tener muchas cosas de
las cuales me alaben y honren los hombres; de modo que cualquiera que considere la
pobreza y vileza de su persona, no sólo no recibirá pesadumbre, ni tristeza, ni
abatimiento, sino más bien consuelo y grande alegría. Porque Tú, Dios, escogiste
para familiares domésticos tuyos a los pobres, bajos y despreciados de este mundo.
Testigos son tus mismos apóstoles, a quienes constituiste príncipes sobre toda la
tierra. Mas conversaron en el mundo sin queja y fueron tan humildes y sencillos;
viviendo sin malicia ni fraude, que se alegraban de padecer injurias por tu nombre, y
abrazaban con grande afecto lo que el mundo aborrece.

5. Por eso ninguna cosa debe alegrar tanto al que te ama y reconoce tus beneficios,
como tu voluntad para con él, y el beneplácito de tu eterna disposición. Lo cual le ha
de consolar de manera que quiera tan voluntariamente ser el menor de todos como
desearía otro el ser mayor. Y así tan pacífico y contento debe estar en el último lugar
como en el primero; y tan de buena gana sufrir verse despreciado y desechado, y no
tener nombre y fama, como si fuese el más honrado y mayor del mundo. Porque tu
voluntad y el amor de tu honra ha de ser sobre todas las cosas; y más se debe consolar
y contentar una persona con esto, que con todos los beneficios recibidos, o que puede
recibir.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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