viernes, 19 de febrero de 2010

CAPITULO 19: DE LOS EJERCICIOS DEL BUEN RELIGIOSO

CAPITULO 19: DE LOS EJERCICIOS DEL BUEN RELIGIOSO

1. La vida del buen religioso debe resplandecer en toda virtud; que sea tal en lo
interior cual parece de fuera.
Y con razón debe ser mucho más lo interior que lo que se mira exteriormente, porque
nos mira nuestro Dios, a quien debemos suma reverencia dondequiera que
estuviésemos, y debemos andar en su presencia tan puros como los ángeles.
Cada. día debemos renovar nuestro propósito y excitarnos a mayor fervor, como si
hoy fuese el primer día de nuestra conversión, y decir: Señor, Dios mío, ayúdame en
mi buen intento y en tu santo servicio, y dame gracia para que comience hoy
perfectamente, porque no es nada cuanto hice hasta aquí.

2. Según es nuestro propósito, así es nuestro aprovechamiento; y quien .quiere
aprovecharse bien, ha menester ser muy diligente.
Si el que propone firmemente falta muchas veces, ¿qué será el que tarde o nunca
propone?
Acaece de diversos modos el. dejar nuestro ' propósito; y faltar de ligero en los
ejercicios acostumbrados no pasa sin algún daño. El propósito de los justos más
pende de la gracia de Dios que del saber propio; en el confían siempre y en cualquier
cosa que comienzan. Porque el hombre propone, pero Dios dispone; y no está en
mano del hombre su camino (Prov., I6, 9; Jer., 10, 23).

3. Si por caridad y por provecho del prójimo se deja alguna vez el ejercicio
acostumbrado, después se puede reparar fácilmente.
Mas, si por fastidio del corazón o por negligencia ligeramente se deja; muy culpable
es y resultará muy dañoso.
Esforcémonos cuanto pudiéremos, que aun así, en muchas faltas caeremos
fácilmente.
Pero alguna cosa determinada debemos siempre proponernos, y principalmente
contra las faltas que mas nos estorban.
Debemos examinar y ordenar todas nuestras cosas exteriores e interiores, porque todo
conviene para el aprovechamiento espiritual.

4. Si no puedes recogerte de continuo, hazlo de cuando en cuando y, por lo menos,
una vez al día, por la mañana o por la noche.
Por la mañana, propón; a la noche, examina tus obras; cuál has sido este día en
palabras, obras y pensamientos; porque puede ser que hayas ofendido en esto a Dios
y al prójimo muchas veces.
Ármate como varón contra las malicias del demonio; refrena la gula y fácilmente
refrenarás toda inclinación de la carne.
Nunca estés del todo ocioso, sino lee, o escribe, o reza, o medita, o haz algo de
provecho para la comunidad.
Pero los ejercicios corporales se deben tornar con discreción, porque no son
igualmente convenientes para todos.

5. Los ejercicios particulares no se deben hacer públicamente, porque con más
seguridad se ejercitan en secreto.
Guárdate, empero, no seas perezoso para lo común, y pronto para lo particular, sino
cumplido muy bien lo que debes y te está encomendado; si tienes lugar, éntrate
dentro de ti como desea tu devoción.
No todos podemos ejercitar una misma cosa; unas convienen más a unos y otras a
otros. También, según el tiempo, te serán más a propósito diversos ejercicios; porque
unos son me ores para las fiestas, otros par a los días de trabajo.
Necesitamos de unos para el tiempo de la tentación, y de otros para el de la paz y
sosiego. En unas cosas es bien pensar cuando estamos tristes, y en otras, cuando
alegres en el Señor.

6. En las fiestas principales debemos renovar nuestros buenos ejercicios, e invocar
con mayor fervor la intercesión de los Santos.
De una fiesta para otra debemos proponer algo, como si entonces hubiésemos de salir
de este mundo y llegar a la eterna festividad.
Por eso debemos prevenirnos con cuidado en los tiempos devotos y conversar con
mayor devoción y guardar toda observancia más estrechamente, como quien ha de
recibir en breve de Dios el premio de sus trabajos.

7. Y si se dilatare, creamos que no estamos preparados, y que aún somos indignos
de tanta gloria corno se declarara en nosotros (Rom, 8, 18) acabado el tiempo de la
vida, y estudiemos en prepararnos mejor para morir: Bienaventurado el siervo (dice el
evangelista San Lucas) a quien, cuando viniere el Señor, le hallare velando; en verdad
os digo que Le constituirá sobre todos sus bienes (Lc, 12, 43).

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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