viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 59: TODA LA ESPERANZA Y CONFIANZA SE DEBE PONER EN SÓLO DIOS. El Alma:

CAPÍTULO 59: TODA LA ESPERANZA Y CONFIANZA SE DEBE PONER
EN SÓLO DIOS.
El Alma:

1. Señor, ¿cuál es mi confianza en esta vida? o ¿cuál mi mayor contento de cuantos
hay debajo del cielo? Por ventura ¿ no eres Tú mi Dios y Señor, cuyas misericordias
no tienen número? ¿Dónde me fue bien sin Ti? o ¿cuándo me pudo ir mal estando Tú
presente? Más quiero ser pobre por Ti, que rico sin Ti. Por mejor tengo peregrinar
contigo en la tierra, que poseer sin Ti el cielo. Donde Tú estás, allí está el cielo, y
donde no, el infierno y la muerte. A Ti se dirige todo mi deseo, y por eso no cesaré de
orar, gemir y clamar en pos de Ti. En fin; yo no puedo confiar cumplidamente en
alguno que me ayude oportunamente en mis necesidades, sino en Ti solo, Dios mío.
Tú eres mi esperanza y mi confianza; Tú mi consolador y el amigo más fiel en todo.

2. Todos buscan su interés, Tú buscas solamente mi salud y mi aprovechamiento, y
todo mi lo conviertes en bien. Aunque algunas veces me dejas en diversas tentaciones
y adversidades, todo lo ordenas para mi provecho; que sueles de mil modos probar a
tus escogidos. En esta prueba debes ser tan amado y alabado, como si me colmases de
consolaciones espirituales.

3. En Ti, pues, Señor Dios, pongo toda mi esperanza y refugio; en tus manos dejo
todas mis tribulaciones y angustias; porque fuera de Ti todo es débil e inconstante.
Porque no me aprovecharán muchos amigos, ni podrán ayudarme los defensores
poderosos, ni los consejeros discretos darme respuesta conveniente, ni los libros
doctos consolarme, ni cosa alguna preciosa librarme, ni algún lugar secreto y
delicioso defenderme, si Tú mismo no me auxilias, ayudas, esfuerzas, consuelas y
guardas.

4. Porque todo lo que parece conducente para tener paz y felicidad, es nada si Tú
estás ausente; ni da sino una sombra de felicidad. Tú eres, pues, fin de todos los
bienes, centro de la vida, y abismo de sabiduría; y esperar en Ti sobre todo, es
grandísima consolación para tus siervos. A Ti, Señor, levanto mis ojos; en Ti confió,
Dios mío, padre de misericordias. Bendice y santifica mi alma con bendición
celestial, para que sea morada santa tuya, y silla de tu gloria eterna; y no haya en este
templo tuyo cosa que ofenda los ojos de tu majestad soberana. Mírame según la
grandeza de tu bondad, y según la multitud de tus misericordias, y oye la oración de
este pobre siervo tuyo, desterrado lejos en la región de la sombra de la muerte.
Defiende y conserva el alma de este tu siervecillo entre tantos peligros de la vida
corruptible; y acompañándola tu gracia, guíala por el camino de la paz a la patria de
la perpetua claridad. Amén.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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