viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 45: QUE NO SE DEBE CREER A TODOS; Y CÓMO FÁCILMENTE SE RESBALA EN LAS PALABRAS. El Alma:



CAPÍTULO 45: QUE NO SE DEBE CREER A TODOS; Y CÓMO
FÁCILMENTE SE RESBALA EN LAS PALABRAS.
El Alma:

1. Señor, ayúdame en la tribulación, porque es vana la seguridad del hombre.
¿Cuántas veces no hallé fidelidad donde pensé que la había? ¿Cuántas veces también
la hallé donde menos lo esperaba? Por eso es vana la esperanza en los hombres; mas
la salud de los justos está en Ti, mi Dios. Bendito seas, Señor, Dios mío, en todas las
cosas que nos sucedan. Flacos somos y mudables: presto somos engañados, y nos
mudamos.

2. ¿Qué hombre hay que se pueda guardar con tanta cautela y discreción en todo, que
alguna vez no caiga el algún engaño o perplejidad? Mas el que te busca a Ti, Señor, y
te busca con sencillo corazón, no resbala tan fácilmente. Y si cayere en alguna
tribulación, de cualquier manera que estuviere en ella enlazado, presto será librado
por Ti, o consolado; porque no desamparas para siempre al que en Ti espera. Raro es
el fiel amigo que persevera en todos los trabajos de su amigo. Tú, Señor, Tú solo eres
fidelísimo en todo, y fuera de Ti no hay otro semejante.

3. ¡Oh, cuan bien lo entendía aquella alma santa que dijo: ¡Mi alma está asegurada y
fundada en Jesucristo! Si yo estuviese así, no me acongojaría tan presto el temor
humano, ni me moverían las palabras injuriosas. ¿Quién puede preverlo todo? ¿Quién
es capaz de precaver los males venideros? Si lo que hemos previsto con tiempo nos
daña muchas veces, ¿qué hará lo no prevenido sino perjudicarnos gravemente? Pues
¿por qué, miserable de mí, no me previne mejor? ¿Por qué creí de ligero a otros? Pero
somos hombres, y hombres flacos y frágiles, aunque por muchos seamos estimados y
llamados ángeles. Señor, ¿a quién creeré, a quién sino a Ti? Eres la verdad, que no
puede engañar ni ser engañada. El hombre, al contrario, es falaz, flaco y resbaladizo,
especialmente en palabras; de modo que con muy gran dificultad se debe creer lo que
parece recto a la primera vista.

4. Cuan prudentemente nos avisaste que nos guardásemos de los hombres: que los
amigos del hombre son los de su casa, y que no diésemos crédito al que nos dijese: A
Cristo míralo aquí o míralo allí. He escarmentado en mí mismo: ¡ojalá sea para mi
mayor cautela, y no para continuar con mi imprudencia! Cuidado, me dice uno,
cuidado, reserva lo que te digo. Y mientras yo lo callo, y creo que está oculto, él no
pudo callar el secreto que me confió, sino que me descubrió a mí y a sí mismo, y se
marchó. Defiéndeme, Señor, de aquestas ficciones, y de hombres tan indiscretos, para
que nunca caiga en sus manos ni yo incurra en semejantes cosas. Pon en mi boca las
palabras verdaderas y fieles, y desvía lejos de mí las lenguas astutas. De lo que no
puedo sufrir, me debo guardar mucho.

5. ¡Oh, cuan bueno y de cuánta paz es callar de otros, y no creerlo todo fácilmente, ni
hablarlo después con ligereza: descubrirse a pocos, buscarte siempre a Ti, que miras
al corazón, y no moverse por cualquier viento de palabras, sino desear que todas las
cosas interiores y exteriores se acaben y perfecciones según el beneplácito de tu
voluntad! ¡Cuan seguro es para conservar la gracia celestial huir la vana apariencia, y
no codiciar las cosas visibles que causen admiración, sino seguir con toda diligencia
las cosas que dan fervor y enmienda de vida! ¡A cuántos ha dañado la virtud
descubierta y alabada antes de tiempo! ¡Cuan provechosa fue siempre la gracia
guardada en silencio en esta vida frágil, que toda es malicia y tentación!


del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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