viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 52: QUE EL HOMBRE NO SE REPUTE POR DIGNO DE CONSUELO, SINO DE CASTIGO. El Alma:

CAPÍTULO 52: QUE EL HOMBRE NO SE REPUTE POR DIGNO DE
CONSUELO, SINO DE CASTIGO.
El Alma:

1. Señor, no soy digno de tu consolación ni de ninguna visita espiritual; y por eso
justamente lo haces conmigo cuando me dejas pobre y desconsolado. Porque aunque
yo pudiese derramar un mar de lágrimas, aún no merecería tu consuelo. Por eso yo
soy digno de ser afligido y castigado; porque te ofendí gravemente y muchas veces, y
pequé mucho, y de muchas maneras. Así que, bien mirado, no soy digno de la menor
consolación. Mas Tú, Dios clemente y misericordioso, que no quieres que tus obras
perezcan, para manifestar las riquezas de tu bondad en los vasos de tu misericordia
aun sobre todo merecimiento, tienes por bien de consolar a tu siervo de un modo
sobrenatural. Porque tus consolaciones no son ilusorias como las humanas.

2. ¿Qué he hecho, Señor, para que Tú me dieses ninguna consolación celestial? Yo no
me acuerdo haber hecho ningún bien; sino que he sido siempre inclinado a vicios, y
muy perezoso para enmendarme. Esto es verdad, y no puedo negarlo. Si dijese otra
cosa, Tú estarías contra mí, y no habría quien me defendiese. ¿Qué he merecido por
mis pecados, sino el infierno y el fuego eterno? Conozco en verdad que soy digno de
todo escarnio y menosprecio; ni merezco ser contado entre tus devotos. Y aunque me
incomode este lenguaje, no dejaré de acusar mis pecados contra mí, y en favor de la
verdad, para que más fácilmente merezca alcanzar tu misericordia.

3. ¿Qué diré yo pecador, y lleno de toda confusión? No tengo boca para hablar sino
sola esta palabra: Pequé, Señor, pequé; ten misericordia de mí; perdóname. Déjame
un poco para que llore mi dolor, antes que vaya a la tierra tenebrosa y cubierta de
obscuridad de muerte. ¿Qué es lo que principalmente exiges del culpable y miserable
pecador, sino que se convierta y se humille por sus pecados? De la verdadera
contrición y humildad de corazón nace la esperanza de ser perdonado, se reconcilia la
conciencia turbada, reparase la gracia perdida, se defiende el hombre de la ira
venidera, y se juntan en santa paz Dios y el alma contrita.

4. Señor, el humilde arrepentimiento de los pecados es para Ti sacrificio muy acepto,
que huele más suavemente en tu presencia, que el incienso. Este es también el
ungüento agradable que Tú quisiste que se derramase sobre tus sagrados pies; porque
nunca desechaste el corazón contrito y humillado. Allí está el lugar del refugio para el
que huye del enemigo; allí se enmienda y limpia lo que en otro lugar se erró y se
manchó.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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