viernes, 19 de febrero de 2010

CAPÍTULO 48: DEL DÍA DE LA ETERNIDAD Y DE LAS ANGUSTIAS DE ESTA VIDA. El Alma:

CAPÍTULO 48: DEL DÍA DE LA ETERNIDAD Y DE LAS ANGUSTIAS DE
ESTA VIDA.
El Alma:

1. ¡Oh bienaventurada mansión de la ciudad soberana! ¡Oh día clarísimo de la
eternidad, que no obscurece la noche, sino que siempre le alumbra la pura verdad, día
siempre alegre, siempre seguro, y siempre sin mudanza! ¡Oh, si ya amaneciese este
día, y desapareciesen todas estas cosas temporales! Alumbra por cierto a los Santos
con una perpetua claridad, mas no así a los que están en esta peregrinación sino de
lejos, y como en figura.

2. Los ciudadanos del cielo saben cuan alegre sea aquel día; los desterrados hijos de
Eva gimen de ver que éste sea tan amargo y lleno de tedio. Los días de este mundo
son pocos y malos, llenos de dolores y angustias, donde el hombre se ve manchado
con muchos pecados; enredado en muchas pasiones, angustiado de muchos temores,
ocupado con muchos cuidados, distraído con muchas curiosidades, complicado en
muchas vanidades, envuelto en muchos errores, quebrantado con muchos trabajos; las
tentaciones lo acosan, los placeres lo afeminan, la pobreza le atormenta.

3. ¡Oh, cuándo se acabarán todos estos males! ¡Cuándo me veré libre de la
servidumbre de los vicios! ¡Cuándo me acordaré, Señor, de Ti solo! ¡Cuándo me
alegraré cumplidamente en Ti! ¡Cuándo estaré sin ningún impedimento en verdadera
libertad, y sin ninguna molestia de alma y cuerpo! ¡Cuándo tendré firme paz, paz
imperturbable y segura; paz por dentro y por fuera; paz del todo permanente! ¡Oh
buen Jesús! ¡Cuándo estaré para verte! ¡Cuándo contemplaré la gloria de tu reino!
¡Cuándo me serás todo en todas las cosas! ¡Cuándo estaré contigo en tu reino, el cual
preparaste desde la eternidad para tus escogidos! Me han dejado acá, pobre y
desterrado en tierra de enemigos, donde hay continuas peleas y grandes calamidades.

4. Consuela mi destierro, mitiga mi dolor, porque a Ti suspira todo mi deseo. Todo el
placer del mundo es para mí pesada carga. Deseo gozarte íntimamente; mas no puedo
conseguirlo. Deseo estar unido con las cosas celestiales; pero me abaten las
temporales y las pasiones no mortificadas. Con el espíritu quiero elevarme sobre
todas las cosas; pero la carne me violenta a estar debajo de ellas. Así yo, hombre
infeliz, peleo conmigo, y me soy enfadoso a mí mismo, viendo que el espíritu busca
lo de arriba, y la carne lo de abajo.

5. ¡Oh Señor, cuanto padezco cuando revuelvo en mi pensamiento las cosas
celestiales, y luego se me ofrece un tropel de cosas del mundo! Dios mío, no te alejes
de mí, ni te desvíes con ira de tu siervo. Resplandezca un rayo de tu claridad, y
destruya estas tinieblas; envía tus saetas, y contúrbense todas las asechanzas del
enemigo. Recoge todos mis sentidos en Ti; hazme olvidar todas las cosas mundanas,
otórgame desechar y apartar de mí aun las sombras de los vicios. Socórreme, Verdad
eterna, para que no me mueva vanidad alguna. Ven, suavidad celestial, y huya de tu
presencia toda torpeza.

6. Perdóname también y mírame con misericordia todas cuantas veces pienso en la
oración alguna cosa fuera de Ti. Pues confieso ingenuamente que acostumbro a estar
muy distraído. De modo que muchas veces no estoy allí donde se halla mi cuerpo en
pie o sentado, sino más bien allá donde me lleva mi pensamiento. Allí estoy donde
está mi pensamiento; allí está mi pensamiento a menudo donde está lo que amo. Al
punto me ocurre lo que naturalmente deleita o agrada por la costumbre.

7. Por lo cual, Tú, Verdad eterna, dijiste: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Si
amo al cielo, con gusto pienso en las cosas celestiales. Si amo el mundo, alégrome
con sus prosperidades, y me entristezco con sus adversidades. Si amo la carne,
muchas veces pienso en las cosas carnales. Si amo el espíritu, recréome en pensar
cosas espirituales. Porque de todas las cosas que amo, hablo y oigo con gusto, y lleno
conmigo a mi casa las ideas de ellas. Pero bienaventurado aquel por tu amor da
repudio a todo lo criado; que hace fuerza a su natural, y crucifica los apetitos carnales
con el fervor del espíritu, para que, serena su conciencia, te ofrezca oración pura, y
sea digno de estar entre los coros angélicos, desechadas dentro y fuera de sí todas las
cosas terrenas.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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