jueves, 18 de febrero de 2010

CAPÍTULO 2: DE LA BONDAD Y CARIDAD DE DIOS, QUE SE MANIFIESTA EN ESTE SACRAMENTO PARA CON LOS HOMBRES. El Alma:

CAPÍTULO 2: DE LA BONDAD Y CARIDAD DE DIOS, QUE SE
MANIFIESTA EN ESTE SACRAMENTO PARA CON LOS HOMBRES.
El Alma:

1. Señor, confiando en tu bondad y gran misericordia, vengo yo enfermo al médico;
hambriento y sediento, a la fuente de la vida; pobre, al rey del cielo; siervo, al Señor;
criatura, al Criador; desconsolado, a mi piadoso consolador. Mas ¿se dónde a mí
tanto bien, que Tú vengas a mí? ¿Quién soy yo para que te me des a Ti mismo?
¿Cómo se atreve el pecador a comparecer delante de Ti? Y Tú ¿cómo te dignas de
venir al pecador? Tú conoces a tu siervo, y sabes que ningún bien tiene por donde
pueda merecer que Tú le hagas este beneficio. Yo te confieso, pues, mi vileza,
reconozco tu verdad, alabo tu piedad, y te doy gracias por tu extremada caridad. Pues
así lo haces conmigo, no por mis merecimientos, sino por Ti mismo, para darme a
conocer mejor tu bondad; para que se me infunda mayor caridad, y se recomiende
más la humildad. Pues así te agrada a Ti, y así mandaste que se hiciese; también me
agrada a mí que Tú lo hayas tenido por bien. ¡Ojalá que no lo impida mi maldad!

2. ¡Oh dulcísimo y benignísimo Jesús! ¡Cuánta reverencia y gracias acompañadas de
perpetua alabanza te son debidas por habernos dado tu sacratísimo cuerpo, cuya
dignidad ningún hombre es capaz de explicar! Mas ¿qué pensaré en esta comunión,
cuando quiero llegarme a mi Señor, a quien no puedo venerar debidamente, y sin
embargo deseo recibir con devoción? ¿Qué cosa mejor y más saludable pensaré, sino
humillarme profundamente delante de Ti, y ensalzar tu infinita bondad sobre mí? Yo
te alabo, Dios mío, y deseo que seas ensalzado para siempre. Despréciome y me rindo
a tu majestad en el abismo de mi bajeza.

3. Tú eres el Santo de los Santos, y yo la basura de los pecadores. Tú te bajas a mí,
que no soy digno de alzar los ojos para mirarte. Tú vienes a mí, Tú quieres estar
conmigo, Tú me convidas a tu mesa. Tú me quieres dar a comer el manjar celestial, y
el pan de los ángeles; que no es otra cosa por cierto sino Tú mismo, pan vivo que
descendiste del cielo, y das vida al mundo.

4. ¡Cuánto es, pues, tu amor, cuál tu dignación! y ¡cuántas gracias y alabanzas te son
debidas por esto! ¡Oh cuan saludable y provechoso designio tuviste en la institución
de este Sacramento! ¡Cuan inefable tu verdad! Pues Tú hablaste, y fue hecho el
universo; y se hizo lo que Tú mandaste.

5. Admirable cosa es, digno objeto de la fe, y superior al entendimiento humano, que
Tú, Señor Dios mío, verdadero Dios y hombre, eres contenido entero debajo de las
especies de pan y vino, y sin detrimento eres comido por el que te recibe. Tú, Señor
de todo, que de nada necesitas, quisiste habitar entre nosotros por medio de este
Sacramento. Conserva mi corazón y mi cuerpo sin mancha, para que con alegre y
limpia conciencia pueda celebrar frecuentemente, y recibir para mi eterna salvación
este digno misterio, que ordenaste y estableciste principalmente para honra tuya
memoria continua.

6. Alégrate, alma mía, y da gracias a Dios por don tan excelente y consuelo tan
singular que te fue dejado en este valle de lágrimas. Porque la caridad de Cristo
nunca se disminuye, y la grandeza de su misericordia nunca mengua.

7. Por eso te debes preparar siempre con nueva devoción del alma, y pensar con
atenta consideración esta gran misterio de salud. Así te debe parecer tan grande, tan
nuevo y agradable cuando celebras u oyes Misa, como si fuese el mismo día en que
Cristo, descendiendo en el vientre de la Virgen se hizo hombre; o aquel en que puesto
en la Cruz padeció y murió por la salud de los hombres.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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