jueves, 18 de febrero de 2010

CAPÍTULO 4: DE LOS MUCHOS BIENES QUE SE CONCEDEN A LOS QUE DEVOTAMENTE COMULGAN. El Alma:

CAPÍTULO 4: DE LOS MUCHOS BIENES QUE SE CONCEDEN A LOS
QUE DEVOTAMENTE COMULGAN.
El Alma:

1. Señor Dios mío, preven a tu siervo con las bendiciones de tu dulzura, para que
merezca llegar digna y devotamente a tu sublime Sacramento. Mueve mi corazón
hacia Ti, y sácame de este grave entorpecimiento; visítame con tu gracia saludable
para que pueda gustar en espíritu de suavidad, cuya abundancia se halla en este
Sacramento como en su fuente. Alumbra también mis ojos para que pueda mirar tan
alto misterio; y esfuérzame para creerlo con firmísima fe. Porque obra tuya es, y no
poder humano; sagrada institución tuya, y no invención de hombres. Ninguno
ciertamente es capaz por sí mismo de entender cosas tan altas, que aun a la sutileza
angélica exceden. Pues yo, pecador indigno, tierra y ceniza, ¿qué podré escudriñar y
entender de tan alto secreto?

2. Señor, con sencillez de corazón, con fe firme y sincera, y por mandato tuyo, me
acerco a Ti con reverencia y confianza; y creo verdaderamente que estás aquí
presente en el Sacramento como Dios y como hombre. Pues quieres, Señor, que yo te
reciba, y que me una contigo en caridad. Por eso suplico a tu clemencia, y pido la
gracia especial de que todo me deshaga en Ti, y rebose de amor, y que no cuide ya de
ninguna otra consolación. Porque este altísimo y dignísimo Sacramento es la salud
del alma y del cuerpo, medicina de toda enfermedad espiritual, con la cual se curan
mis vicios, refrénanse mis pasiones, las tentaciones se vencen o disminuyen, dase
mayor gracia, la virtud comenzada crece, confirmase la fe, esfuérzase la esperanza, y
se enciende y dilata la caridad.

3. Porque muchos bienes has dado y das siempre en este Sacramento a tus amados,
que devotamente comulgan, Dios mío, huésped de mi alma, reparador de la
enfermedad humana, y dador de toda consolación interior. Tú les infundes mucho
consuelo contra diversas tribulaciones, y de lo profundo de su propio desprecio los
levantas a esperar tu protección, y con una nueva gracia los recreas y alumbras
interiormente, y así los que antes de la Comunión estaban inquietos y sin devoción,
después, recreados con este sustento celestial, se hallan muy mejorados. Y esto lo
haces de gracia con tus escogidos, para que conozcan verdaderamente, y
experimenten a las claras cuánta flaqueza tienen en sí mismos, y cuan grande bondad
y gracia alcanzan de tu clemencia. Porque siendo por sí mismos fríos, duros e
indevotos, de Ti reciben el estar fervorosos, devotos y alegres. Pues ¿quién llegando
humildemente a la fuente de la suavidad, no vuelve con algo de dulzura? O ¿quién
está cerca de algún gran fuego, que no reciba algún calor? Tú eres fuente llena, que
siempre mana y rebosa; fuego que de continuo arde y nunca se apaga.

4. Por esto, si no me es dado sacar agua de la abundancia de la fuente, beber hasta
hartarme, pondré siquiera mis labios a la boca del caño celestial para que a lo menos
reciba de allí alguna gotilla, para templar mi sed, y no secarme enteramente. Y si no
puedo ser todo celestial, y tan abrasado como los querubines y serafines, trabajaré a
lo menos por hacerme devoto, y disponer mi corazón para adquirir siquiera una
pequeña llama del divino incendio, mediante la humilde comunión de este vivifico
Sacramento. Pero todo lo que me falta, buen Jesús, Salvador santísimo, súplelo Tú
benigna y graciosamente por mí; pues tuviste por bien de llamar a todos, diciendo:
Venid a Mí todos los que tenéis trabajos y estáis cargados, que yo os recrearé.

5. Yo, pues, trabajo con sudor de mi rostro, soy atormentado con dolor de mi
corazón, estoy cargado de pecados, combatido de tentaciones, envuelto y oprimido de
muchas pasiones, y no hay quien me valga, no hay quien me libre y salve, sino Tú,
Señor Dios, Salvador mío, a quien me encomiendo y todas mis cosas, para que me
guardes y lleves a la vida eterna. Recíbeme para honra y gloria de tu nombre; pues
me dispusiste tu cuerpo y sangre en manjar y bebida. Concédeme, Señor Dios,
Salvador mío, que crezca el afecto de mi devoción con la frecuencia de este soberano
misterio.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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