jueves, 18 de febrero de 2010

CAPÍTULO 7: DEL EXAMEN DE LA PROPIA CONCIENCIA Y DEL PROPÓSITO DE LA ENMIENDA. Jesucristo:

CAPÍTULO 7: DEL EXAMEN DE LA PROPIA CONCIENCIA Y DEL
PROPÓSITO DE LA ENMIENDA.
Jesucristo:

1. Sobre todas las cosas es necesario que el sacerdote de Dios llegue a celebrar,
manejar y recibir este Sacramento con grandísima humildad de corazón y con devota
reverencia, con entera fe y con piadosa intención de la honra de Dios. Examina
diligentemente tu conciencia, y según tus fuerzas límpiala adórnala con verdadero
dolor y humilde confesión, de manera que no tengas o sepas cosa grave que te
remuerda y te impida llegar libremente al Sacramento. Ten aborrecimiento de todos
tus pecados en general, y por las faltas diarias duélete y gime más particularmente. Y
si el tiempo lo permite, confiesa a Dios todas las miserias de tus pasiones en lo
secreto de tu corazón.

2. Llora y duélete de que aún eres tan carnal y mundano, tan poco mortificado en las
pasiones, tan lleno de movimientos de concupiscencia; Tan poco diligente en la
guarda de los sentidos exteriores, tan envuelto muchas veces en vanas imaginaciones;
Tan inclinado a las cosas exteriores, tan negligente en las interiores; Tan fácil a la risa
y a la disipación, tan duro para las lágrimas y la compunción; Tan dispuesto a la
relajación y regalos de la carne, tan perezoso al rigor y al fervor; Tan curioso para oír
novedades y ver cosas hermosas; tan remiso en abrazar las humildes y despreciadas;
Tan codicioso de poner mucho; tan encogido en dar; tan avariento en retener; Tan
inconsiderado en hablar, tan poco detenido en callar; tan descompuesto en las
costumbres, tan indiscreto en las obras; Tan desordenado en el comer, tan sordo a las
palabras de Dios. Tan presto para holgarte, tan tardío para trabajar; Tan despierto
para oír hablillas y cuentos, y tan soñoliento para velar en oración; Tan impaciente
por llegar al fin, y tan vago en la atención; Tan negligente en el rezo, tan tibio en la
Misa, tan indevoto en la Comunión; Tan a menudo distraído, tan raras veces
enteramente recogido; Tan prontamente conmovido a la ira, tan fácil para disgustar a
los demás; Tan propenso a juzgar, tan riguroso en reprender; Tan alegre en la
prosperidad, tan abatido en la adversidad; Tan fecundo en los buenos propósitos, y
tan estéril en ponerlos por obra.

3. Después de haber confesado y llorado estos y otros defectos con dolor y gran
disgusto de tu propia fragilidad, propón firmemente de enmendar siempre tu vida, y
mejorarla de allí adelante. En seguida, abandonándote a Mí con absoluta y entera
voluntad, ofrécete a ti mismo para gloria de mi nombre en el altar de tu corazón,
como sacrificio perpetuo, encomendándome a Mí con entera fe el cuidado de tu
cuerpo y de tu alma. Para que de esta manera merezcas llegar dignamente a ofrecer el
santo sacrificio, y recibir saludablemente el Sacramento de mi cuerpo.

4. Pues no hay ofrenda más digna, ni mayor satisfacción para borrar los pecados, que
ofrecerse a sí mismo pura y enteramente a Dios, con el sacrificio del cuerpo de Cristo
en la Misa y Comunión. Si el hombre hiciere lo que está de su parte, y se arrepintiere
verdaderamente, cuantas veces acudiere a Mí por perdón y gracia: Vivo yo, dice el
Señor, que no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva; porque no
me acordaré más de sus pecados, sino que todos les serán perdonados.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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