jueves, 18 de febrero de 2010

CAPÍTULO 11: EL CUERPO DE CRISTO Y LA SAGRADA ESCRITURA SON MUY NECESARIOS AL ALMA FIEL. EL ALMA:

CAPÍTULO 11: EL CUERPO DE CRISTO Y LA SAGRADA ESCRITURA
SON MUY NECESARIOS AL ALMA FIEL.
EL ALMA:

1. ¡Oh dulcísimo Señor Jesús! ¡Cuanta es la dulzura del alma devota, que se regala
contigo en el banquete, donde se le presenta otro manjar que a su único amado,
apetecible sobre todos deseos de su corazón! Seria ciertamente muy dulce para mí
derramar en tu presencia copia de lágrimas afectuosas, y regar con ellas tus pies como
la piadosa Magdalena. Mas ¿dónde está ahora esta devoción? ¿ dónde el copioso
derramamiento de lágrimas devotas? Por cierto en tu presencia, y en la de tus santos
ángeles, todo mi corazón debiera encenderse y llorar de gozo. Porque en el
Sacramento te tengo verdaderamente presente, aunque encubierto bajo otra especie.

2. Porqué el mirarte en tu propia y divina claridad no podrían mis ojos resistirlo, ni el
mundo entero subsistiría ante el resplandor de la gloria de tu majestad. Tienes, pues,
consideración a mi imbecilidad cuando te ocultas bajo de este Sacramento. Yo tengo
verdaderamente y adoro al mismo a quien adoran los ángeles en el cielo: más yo solo
con la fe por ahora, ellos claramente y sin velo. Debo yo contentarme con la luz de
una fe verdadera, y andar con ella hasta que amanezca el día de la claridad eterna, y
desaparezcan las sombras de las figuras. Mas cuando llegue este perfecto estado,
cesará el uso de los Sacramentos; porque los bienaventurados en la gloria no
necesitan de medicina sacramental. Sino que están siempre absortos de gozo en
presencia de Dios, contemplando cara a cara su gloria; y trasladados de esta claridad
al abismo de la claridad de Dios, gustan el Verbo encarnado, como fue en el
principio, y permanecerá eternamente.

3. Acordándome de estas maravillas, cualquier contento, aunque sea espiritual, se me
convierte en grave tedio, porque mientras no veo claramente a mi Señor en su gloria,
en nada estimo cuanto en el mundo veo y oigo. Tú, Dios mío, me eres testigo de que
ninguna cosa me puede consolar, ni criatura alguna dar descanso sino Tú, Dios mío, a
quien deseo contemplar eternamente. Mas esto no es posible mientras vivo en carne
mortal. Por eso debo tener mucha paciencia, y sujetarme a Ti en todos mis deseos.
Porque también, Señor, tus Santos, que ahora se regocijan contigo en el reino de los
cielos, cuando vivían en este mundo esperaban con gran fe y paciencia l a venida de
tu gloria. Lo que ellos creyeron, creo yo; lo que esperaron, espero; adonde llegaron
ellos finalmente por tu gracia, tengo yo confianza de llegar. Entretanto caminaré con
la fe, confortado con los ejemplos de los Santos. También tendré los libros santos,
para consolación y espejo de la vida; y sobre todo esto, el Cuerpo santísimo tuyo por
singular remedio y refugio.
4. Pues conozco que tengo grandísima necesidad de dos cosas, sin las cuales no
podría soportar esta vida miserable. Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso
serme necesarias dos cosas que son, mantenimiento y luz. Dísteme, pues, como a
enfermo tu sagrado Cuerpo para alimento del cuerpo, y además me comunicaste tu
divina palabra para que sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría
vivir bien; porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que
le da la vida. Estas se pueden llamar dos mesas colocadas a uno y a otro lado en el
tesoro de la Santa Iglesia. Una es la mesa del sagrado altar, donde está el pan
santificado, esto es, el precioso cuerpo de Cristo. Otra es la de la ley divina, que
contiene la doctrina sagrada, enseña la verdadera fe, y nos conduce con seguridad
hasta lo mas interior del velo donde esta el Santo de los Santos. Gracias te doy, Jesús
mío, esplendor de la luz eterna, por la mesa de la santa doctrina que nos diste por tus
siervos los profetas, los apóstoles y los otros doctores.

5. Gracias te doy, Criador y Redentor de los hombres, de que, para manifestar a todo
el mundo tu caridad, dispusiste una gran cena, en la cual diste a comer, no el cordero
figurativo, sino tu santísimo Cuerpo y Sangre, alegrando a todos los fieles, y
embriagándolos con el cáliz saludable en esta sagrado banquete, donde están todas las
delicias del paraíso, y donde los santos ángeles comen con nosotros, aunque gustan
una suavidad más feliz.

6. ¡Oh, cuan grande y honorífico es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es
concedido consagrar al Señor de la majestad con las palabras sagradas, bendecirlo
con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca, y distribuirle a los
demás! ¡Oh, cuan limpias deben estar aquellas manos, cuan pura la boca, cuan santo
el cuerpo, cuan inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el
Autor de la pureza! De la boca del sacerdote no debe salir palabra que no sea santa,
que no sea honesta y útil, pues tan continuamente recibe el santísimo Sacramento.

7. Deben ser simples y castos los ojos acostumbrados a mirar el cuerpo de Cristo,
puras y levantadas al cielo las manos que tocan al Criador del cielo y de la tierra. A
los sacerdotes especialmente se dice en la ley: SED SANTOS, PORQUE YO,
VUESTRO DIOS Y SEÑOR, SOY SANTO.

8. ¡Oh Dios todopoderoso! Ayúdenos tu gracia a los que hemos recibido el oficio
sacerdotal, para que podamos servirte digna y devotamente con toda pureza y buena
conciencia. Y si no podemos proceder con tanta inocencia de vida como debemos,
otórganos llorar dignamente los pecados que hemos cometido, y de aquí adelante
servirte con mayor fervor, con espíritu de humildad; y con buena y constante
voluntad.

del libro "Imitación de Cristo", de Tomás de Kempis

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